viernes, junio 30, 2006

Materatura 5: Paco Espínola. Ultima parte.


En efecto: el hombre, que se echó nomás, sobre el recado, se había levantado, lo llevó otra vez a la enramada y, después de ensillar, había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba de frente. Por eso avanzaba con la cabeza gacha. Otro hombre le salió al encuentro, el poncho y el sombrero hechos sopa. Era un negro.

-¿Están las mujeres solas? -preguntó ansioso.
Sombrío, el otro respondió:
-Sí.
-La plata tiene qu'estar en algún lao. Empecemos.
-No. No empezamos.
-¿Qué hay?
-Hay que yo no quiero.
-¿Que no querés?
-Sí, que no quiero.
-¿Pero estás loco?
-Peor pa mi si m'enloquecí. Pero ya te dije. Vamonós p'atrás.

-¿El qué?
-No hay qué que te valga. Como siempre, te acompaño cuando quieras; pero esta noche, no. Y aquí, menos.
-¡Hum! Si te salieran en luces malas los que has matao, te ciegaría la iluminación, y ahora te ha entrao por hacerte el angelito.
-Nadie habla aquí de bondá. Digo que no se me antoja y se acabó.
-Peor pa vos. Iré yo solo. ¡Qué tanto amolar por dos mujeres!
-Es que vos tampoco vas a ir.
-¿Desde cuándo es mi tutor el que habla?
-Desde que tengo la tutora -bramó el interpelado tanteándose la daga.
-¡Ah! ¿Querés peliar? ¡Me lo hubieras dicho antes! Seguramente ya habrás hecho la cosa y quedrás la plata pa vos solo. Pero no te veo uñas, mi querido. Venite nomás -y desenvainó su cuchillo-.
-¡Cállate, negro de los diablos! -rugió el otro lléndosele arriba.

A la luz de los relámpagos, entre los charcos, los dos hombres se tiraban a partir. El de la barba negra, medio recogido el poncho con la mano izquierda fue haciendo un círculo para ponerse de espaldas a la lluvia. Comprendiendo el juego, el negro dio un salto. Pero se resbaló y se fue de lomo. El otro esperó a que se enderezara y lo atropelló. La daga, entrando de abajo a arriba, le abrió el vientre y se le hundió en el tórax.

-¡Jesús, mama! -exclamó el negro.
Fue lo único que dijo. La muerte le tapó la boca.

El otro, en las mismas ropas del difunto limpió su daga. Después, enderezó chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al trotecito.

-¡Pucha que había sido cargoso el negro! -murmuraba-. ¡Le decía que no, y él que sí, y yo que no, y dale! ¡Estaba emperrao!...

La lluvia, gruesa, helada, seguía cayendo.

Cebado por Leandro Hernández.

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